La mejor esposa

Capítulo 10

ESA PRIMERA noche apenas tuvieron tiempo de comer. Desde ese día hasta el sábado siguiente vivieron en su mundo privado.

Aunque Nicholas tenía la costumbre de trabajar desde el alba hasta el atardecer seis días a la semana y solo se tomaba libre medio día del domingo, había dejado el trabajo de los ranchos Jonas y Talbot en manos de los capataces. Las llamadas de negocios estaban derivadas a la oficina del establo y nadie iba a la casa excepto el cartero.

Nicholas no recordaba haber pasado tanto tiempo dentro de casa desde hacía años y, desde luego, nunca había estado tan dedicado a una mujer como lo había estado con su esposa.

Lainey le proporcionaba un sosiego que él nunca había sospechado que necesitaba. Lo había ablandado. Estar con ella lo compensaba por todo el tiempo que había pasado sin intimidad ni compañía y hacía que hubiera valido la pena esperar todos esos años amargos.

Era bastante buena cocinera, y le había llevado el café y el desayuno a la cama. Habían tomado el almuerzo junto al arroyo y el resto de las comidas en el patio. Ella le había ganado a las damas, lo había seducido junto al arroyo, y luego, en el salón, cuando lució uno de los camisones que él le había regalado y más tarde dejó que se duchara con ella.

Acostumbrado a una vida solitaria, Nicholas se sentía tan colmado por las atenciones que ella le dedicaba, como ella misma, por la fuerza de la pasión recién descubierta. Los años de matrimonio que los esperaban parecían algo seguro, algo que duraría hasta que la muerte se llevara a uno de los dos.

Entonces llegó la tarde del sábado. Nicholas percibió que Lainey estaba nerviosa, pero eso lo preocupaba menos que el que ella hiciera todo lo posible por ocultarlo. Él ya había decidido que no irían a la barbacoa antes de las cuatro de la tarde. A pesar de la invitación de Cassie, dos horas antes de la cena le parecía tiempo suficiente.

Aunque era importante que Lainey se expusiera a la gente y les diera la oportunidad de aceptarla de nuevo, Nicholas habría preferido quedarse en casa o ir a cenar a algún lugar de San Antonio, sin compartir a Lainey con nadie.

Pensó que se lo diría más tarde cuando se hubiera cansado de la gente y de aguantar las ganas de hacerle el amor. Se regocijaba al pensar que no se atrevía a decírselo antes, por si a ella se le ocurría utilizar sus poderes femeninos recién adquiridos para evitar ir a la barbacoa.

A Nicholas no lo disgustaba la idea de que su esposa tratara de seducirlo con ese fin. Pensar en cómo lo haría era suficiente aliciente como para incitarla a intentarlo. Lainey podía seducirlo en cualquier momento que quisiera y él no iba a ponerse exigente con el motivo, siempre que se quedara con él.

Pero pensó que no sería prudente decírselo. Nunca. Un hombre listo mantendría la boca cerrada y disfrutaría de cada instante. Pensando en la última vez que habían hecho el amor, decidió que las cuatro era todavía demasiado temprano para ir a la barbacoa.

 

Lainey escogió el vestido rosa de tirantes, corpiño ceñido y falda con vuelo. Las sandalias blancas que se puso le daban un aire veraniego que resultaba atractivo y elegante, pero no demasiado formal. Las invitadas lucirían gran variedad de vestidos, pantalones cortos e incluso trajes de baño, y ella no quería ser ni la más elegante, ni tampoco la menos.

Se dejó el cabello suelto y, aparte de sus alianzas, la única joya que se puso fue un pequeño relicario de oro en forma de corazón colgado de una fina cadena. Dentro llevaba una foto de su padre, y en el reverso había sitio para otra fotografía. Lainey había decidido que mientras Nicholas siguiera con ganas de jugar en vez de trabajar, podrían ir a que un fotógrafo le hiciera una miniatura.

Los dos días anteriores habían transcurrido como un maravilloso cuento de hadas y sentía que amaba tanto a Nicholas que ansiaba decírselo. Pero él no había dicho que la amara. Solamente decía que le gustaba esto o aquello de ella, pero nunca había pronunciado nada parecido a «te amo». Lainey pensaba que no podía haber mayor demostración de amor que la que él le había mostrado, pero echaba de menos que lo dijera.

Por eso había tenido gran cuidado de no decirlo ella tampoco, aunque muchas veces había estado a punto. No podía imaginar entregarse a ningún hombre tan completa e íntimamente como lo había hecho con Nicholas, pero era demasiado vulnerable para arriesgarse a reconocer algo que equivalía a ponerle el corazón a sus pies.

¿Y si él todavía no la amaba? Tal vez había percibido que ella deseaba que se declarara, pero como no la amaba, se había mantenido en guardia para evitar el peligro. A menos, claro, que no dijera nada por algún extraño concepto de lo que era la masculinidad.

Parecía que llamarlo con las palabras «capricho», «dulce», «bonito» y «atractivo» lo divertían en privado, pero no era un hombre que expresara abiertamente sus emociones. Creía que los actos decían más que las palabras y no hacía falta gran ingenio para darse cuenta de que ese tipo de palabras cariñosas lo hacían sentirse incómodo.

De todas formas, si algún día llegaba a decirle «te amo», podía estar segura de que le salía del alma. Una confesión así sería la pura verdad, y la mantendría para toda la vida. Lainey había dejado de preocuparse de que él pudiera utilizar la intimidad para humillarla. Se daba cuenta de que lo había juzgado mal y sabía que no lo haría nunca. Estaba segura.

Llegaron a casa de los McClain poco más de una hora antes de la cena. Habían conducido casi en silencio y cuando llegaron, la carretera estaba llena de coches.

Nicholas dio la vuelta para estacionar detrás del último coche y dejar el suyo en dirección contraria con el fin de evitar el atasco que se formaría a la hora de marcharse. Cuando bajaron, Nicholas le dio la mano a Lainey.

—Míralos directamente a los ojos, y dales una oportunidad —dijo inclinándose para darle un beso.

Caminaron con las manos entrelazadas hacia la casa. El aire era cálido y el paseo consiguió calmar un poco los temores de Lainey. Antes de entrar al enorme patio, Nicholas la estrechó contra su costado y el abrazo hizo que Lainey se sintiera mejor.

Cassie estaba esperándolos, los llamó desde el otro lado de la piscina y salió a su encuentro.

—Vaya —dijo Cassie, al ver que Lainey retiraba el brazo de la cintura de Nicholas, y la agarró de ambas manos—. El rosa es mi color, cariño. ¿Cómo te has atrevido a ponértelo y mostrarle a la gente que a ti te queda mucho mejor? —al notar los anillos en la mano de Lainey, se quedó admirándolos—. Nicholas, ¡son preciosos! Tienen un brillo que podría cegar a alguien.

Lainey sonrió y se tranquilizó un poco. A Cassie no parecía importarle que la oyeran y, cuando Lainey echó un vistazo a su alrededor, se dio cuenta de que todos estaban mirándola. Y como Cassie ejercía una enorme influencia social, su aparente admiración hacia Lainey no solo la convertía en socialmente aceptable, sino que la señalaba como una invitada especialmente apreciada.

Lainey sujetó la mano de Cassie y le dijo en voz baja:

—Gracias Cass. Esto significa para mí mucho más de lo que puedas imaginar.

Cassie soltó una carcajada, como si lo que Lainey acababa de decir fuera, además de gracioso, encantador.

—En otros tiempos fuiste muy comprensiva conmigo, aunque estoy segura de que te fastidiaba. Pudiste dejarme en ridículo muchas veces y no lo hiciste, así que creo que te debo al menos media docena de favores. Además —se acercó para decirlo—, nadie entiende mejor a una niña mimada de papá que otra niña mimada de papá.

Lainey estaba más tranquila y se rio.

—Tienes razón. Podemos ser bastante malas, ¿verdad?

—Desde luego —afirmó Cassie—. Pero para no pelearnos porque mi papá me mimó más a mí que tu papá a ti, creo que podíamos terminar siendo muy buenas amigas.

—Creo que eso ya es seguro —dijo Lainey, y Cassie hizo caso omiso y se dirigió a Nicholas con cara de horror.

—Esta chica todavía habla como una yanqui, Nicholas.

Él contestó con un gesto gracioso, y Cassie miró hacia la barbacoa donde Mac y varios amigos estaban sentados en unas tumbonas. Volvió a mirar a Nicholas.

—¿Por qué no vas a saludar a papá? Mientras tanto, Lainey y yo daremos una vuelta y dentro de un rato nos acercaremos a la barbacoa.

Lainey se mostró de acuerdo y añadió:

—Anda, ve. Yo estaré bien.

Nicholas saludó con un gesto y rodeó la piscina para llegar a la parte trasera del enorme jardín. Cassie se agarró del brazo de Lainey y mientras caminaban, le susurró.

—No te vayas a ofender, pero las malas noticias son que Jeanette os vio el otro día comprando en San Antonio y supo vuestro viaje a la ciudad. No hace más de media hora que le estaba diciendo a todo el mundo que eres la esposa pródiga. Que Nicholas te compró una preciosa bata, te puso la alianza en el dedo y que papá mató el ternero justo a tiempo para celebrar tu regreso a casa de tu pobre y sufrido marido —Lainey miró a Cassie sin saber si mostrarse consternada o no, porque Cassie parecía divertida. Desde luego había estado a punto de dar en la diana—. Pero —prosiguió Cassie, apretándole el brazo—, la vieja dama Harmon la reprendió por haberos espiado y habérselo contado a todo el mundo para estropear tus posibilidades de rehacer tu vida. Hizo que Jeannette pasara mucha vergüenza. La mayoría de las mujeres estaban de acuerdo en que había que darte una oportunidad porque siempre fuiste buena con todo el mundo, igual que lo fue tu padre.

Lainey no pudo reprimir sus sentimientos.

—Por favor, Cassie. No me tomes el pelo.

Cassie la miró con comprensión y una chispa de mal humor.

—Puede que bromee contigo y te mienta diciendo que el rosa te sienta mucho mejor que a mí, pero no estoy bromeando ni mintiendo sobre esto —dijo retirando el brazo del de Lainey y poniéndoselo alrededor de los hombros—. Al final de esta noche solo podrán hablar de que Nicholas Jonas y su esposa bailaron juntos bajo las estrellas como si no hubiera nadie más en casa de los McClain. Pero luego, se fueron pronto a casa porque… —se rio y repitió—. Porque…

La tensión y el temor que Lainey sentía desaparecieron de repente.

—Gracias, Cassie. Eres muy amable.

Cassie arqueó las cejas.

—No se lo digas a nadie. Es mejor que la gente se lo pregunte. Además de lo cual… —bajó la voz y miró a su alrededor, acercándose más a Lainey—. Puesto que la señora Harmon está demasiado lejos para oírme y reñirme, te diré que Sally se casó hace un mes con un hombre a quien su padre está amenazando con ponerle una demanda, Amy Jo está embarazada de gemelos, y Bobbie acaba de rechazar al vaquero más atractivo. Voy a hacer de voluntaria para ver cómo puedo ayudarlo a combatir su desengaño. ¡Y no pienso enviarle una tarjeta de condolencias!

Lainey se rio, agradecida de los esfuerzos de Cassie por que se relajara. Hicieron varios recorridos juntas, charlando con los otros invitados. Lainey estaba encantada al ver que todos la acogían amigablemente.

Luego, se dirigieron hacia donde estaba la barbacoa. Mac acababa de supervisar cómo trinchaban el ternero. De pronto, agarró a Lainey en un gran abrazo y le tomó el pelo por haber ido con Nicholas en lugar de ser su cita. Después, los acompañó a través del prado hasta donde estaban las mesas.

Cuando Mac consiguió la atención de todo el mundo, dijo:

—Damas y caballeros. Bienvenidos a la barbacoa de los McClain —cuando los aplausos y aclamaciones amainaron, añadió con entusiasmo—: Tengo el gusto de presentarles al señor y la señora Jonas.

Los invitados volvieron a aplaudir y a ovacionarlos, y varios hombres dijeron alguna frase ingeniosa y algún consejo para Nicholas. Luego, fueron hacia la cola para la comida y Mac hizo que se sentaran a su mesa. La comida era abundante y comieron hasta hartarse.

Después de que sirvieran el helado, la banda que Mac había contratado comenzó a afinar los instrumentos junto a la pista de baile que habían colocado a la salida del jardín. Cuando empezó la primera pieza, Nicholas acompañó a Lainey a la pista y la tomó entre sus brazos. Bailaron tres piezas. Lainey disfrutó del ritmo rápido de las dos primeras y cuando llegó la tercera, un poco más lenta, se acomodó entre los brazos de Nicholas.

Nicholas le susurró al oído para que nadie lo oyera.

—¿No te lo había dicho?

—Es casi demasiado bueno para creerlo —repuso ella feliz.

Nicholas la besó sobre el cabello.

—Me alegro de que tú y Cassie os hayáis hecho amigas.

Lainey sonrió.

—Supongo que las dos hemos madurado.

—Tal vez. Hace poco he descubierto lo bueno que es hacer las paces, y esto es un placer añadido.

Lainey se le arrimó más.

—Si no fuera por ti, nada de esto habría sucedido.

—Yo no tuve nada que ver contigo y Cassie, y tampoco sé si lo tuve con nuestra reconciliación.

Lainey asintió.

—Si me hubieras echado aquel día, no estaríamos aquí ahora —alzó la vista—. ¿Te he dicho alguna vez que eres maravilloso? Y la palabra «maravilloso» sí puede utilizarse para un hombre.

—Es todo un cumplido, cariño.

—Eres todo un hombre. Nicholas hizo una mueca.

—¿Estás segura?

—Sí —afirmó Lainey percatándose, por el brillo de los ojos de él, de que le estaba tomando el pelo—. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Si no estás segura, podría hacerte una nueva demostración.

—Ah… —dijo ella sonriendo.

—¿Qué tal si les damos las gracias a Cassie y a Mac por habernos invitado y correspondemos invitándolos a cenar pronto? Pero no demasiado pronto, porque estaremos muy ocupados las próximas noches.

Lainey se quedó pensativa.

—¿No crees que es demasiado pronto para irnos? ¿Qué pensará la gente?

—Han estado mirándonos durante los últimos diez minutos. Seguro que están haciendo apuestas sobre cuánto tiempo más nos quedaremos.

—Oh… —exclamó Lainey sonrojándose.

—Lo están esperando —dijo Nicholas, apretándola más fuerte—. Además ya te he compartido bastante. Estoy listo para marcharme.

—Yo también.

Cuando, poco después, terminó la pieza, Nicholas la soltó y le dio la mano para salir de la pista de baile. Mientras daban las gracias y se despedían, Mac no dejó de guiñarle un ojo a Nicholas y Cassie hizo prometer a Lainey que la llamaría la semana siguiente.

El regreso a casa fue rápido y silencioso. Lainey se recostó sobre el reposacabezas. Se sentía aliviada y contenta. En un momento dado se volvió y miró a Nicholas. Tenía en la punta de la lengua decirle que lo amaba, pero se reprimió, temerosa de cuál sería su reacción.

Cuando llegaron a casa, Nicholas rodeó el coche para abrirle la puerta y darle la mano. Estaban en la mitad del camino que conducía a la casa, cuando él se detuvo y, de repente, la alzó en brazos.

—Me he retrasado un poco en hacerte traspasar en brazos el umbral, señora Jonas. ¿Qué te parece si le ponemos remedio?

Lainey se abrazó a su cuello y lo besó.

—Otra buena idea. Gracias.

Nicholas la llevó alzada el resto del camino hasta la puerta, que abrió con facilidad sin dejar a Lainey en el suelo. Luego, dio un paso para traspasar el umbral. Hizo una pausa para cerrar la puerta de una patada y marchó con ella en brazos, a través de la casa, hasta el dormitorio.

A cada paso que él daba, Lainey sentía que le aumentaba la excitación. Aunque no tenía otras experiencias sexuales para comparar con las que él le había proporcionado, se percataba de que Nicholas era maravillosamente tierno con ella. Con tan solo pensar en lo experto que era haciéndole el amor, se sentía estremecer y desearlo más.

Su cuerpo vibraba pensando en lo que iba a suceder y aferró las manos a sus hombros, clavando los dedos en esa carne y músculos de acero. Nicholas atravesó la alcoba y se sentó sobre el arcón que estaba a los pies de la gran cama.

Había comenzado a besarla antes de que llegaran al arcón y cuando la tuvo en sus rodillas, sus manos, grandes, empezaron a recorrer una de las piernas desnudas de Lainey. La sensación de sus manos encallecidas acariciándola cada vez más arriba la excitaba, hasta que se detuvo a la altura del dobladillo del vestido.

Nicholas separó su boca de la de ella.

—Deja que me quite las botas, cariño, y luego seguiremos con las sandalias, los botones y el resto. Nos desvestiremos el uno al otro lentamente —el tono de su voz iba bajando y se hacía cada vez más profundo.

—Yo me encargaré de tus botas, vaquero —dijo ella, y no pudo resistir la tentación de besarlo de nuevo. Lainey sonrió mientras interceptaba la mano de él y se la colocaba en un lugar más seguro—. Pero primero tengo que poder ponerme de pie.

—Adelante —dijo a regañadientes, y la soltó.

Lainey se puso en pie y se agachó para agarrarle la bota por el talón, pero Nicholas se inclinó hacia atrás y levantó la pierna para que ella pudiera tirar de la bota. Cuando se la hubo quitado, le quitó la segunda. Luego, levantó su pie y lo apoyó sobre el muslo de Nicholas para que le quitara la sandalia. Se percató del error que había cometido cuando él la agarró por el tobillo y empezó a desabrochar la hebilla.

Las sensaciones que le producía el que Nicholas jugueteara acariciándole la pantorrilla mientras le desataba la sandalia, hacían que ella perdiera el equilibrio, y tuvo que apoyarse en sus hombros. Cuando ya la había descalzado, cambió al otro pie.

—Aunque tu vestido tiene un matiz diferente de rosa, pareces uno de esos flamencos que la gente pone en los jardines. ¿Estás segura de que puedes mantenerte en pie?

Lainey soltó una risita y bajó el pie. Nicholas le asió las manos y se las sujetó mientras se arrodillaba delante de él. Al mirarlo a la cara, pensó en la dulzura que le mostraba y se le llenaron los ojos de lágrimas.

¡Lo amaba tanto! Se maravillaba de todos esos años en que creía que no lo amaba. Pero el amor había estado allí todo el tiempo, creciendo en secreto, y tratando de emerger a la superficie, aunque Lainey no había querido reconocerlo. Hasta aquel día en el centro comercial, cuando al mirarlo había visto la ternura y vulnerabilidad que Nicholas guardaba.

Desde el momento en que hicieron el amor, había estado ardiendo lentamente como una brasa dentro de su corazón, y había crecido y crecido hasta convertirse en llama viva que la quemaba. ¿Se atrevería a confesárselo en ese momento?

Nicholas percibió que algo la preocupaba.

—¿Qué te pasa, cariño?

Lainey no pudo contestar y él se puso tan serio que ella se entristeció y no pudo guardar silencio ni un minuto más. Pensó que podía confiar en ese hombre para cualquier cosa, y sobre todo, confiarle su corazón. Había sido tonta por esperar. Zafó las manos y se las puso sobre las mejillas.

—Te amo, Nicholas —pronunció. La emoción hizo que las palabras brotaran despacio y su aliento estaba lleno de melancolía y esperanza—. Te he amado desde que tenía dieciocho años. Creía que había dejado de quererte, pero no era así. Estaba desesperada por decírtelo, pero no me atrevía. Y no me importa si tú no me amas todavía.

Se hizo un silencio tan grande que se podían oír los latidos del corazón de Lainey, hasta que la voz de Nicholas lo rompió.

—¿Quién dice que yo no te amo? —una dicha inmensa brotó en el corazón de Lainey, pero ella no se atrevió ni a respirar mientras esperaba sus palabras—. Tenía previsto decirle a tu padre que quería salir contigo y casarme si tú me aceptabas. Cuando me preguntó lo que deseaba a cambio de protegerte, pensé que era el momento apropiado para decírselo, y él puso la respuesta en el testamento —Nicholas la besó con mucha ternura y cuando sus labios se separaron, clavó sus ojos en los de ella—. Te amo, señora Jonas. Ya es hora de que te lo demuestre otra vez.

A pesar de lo grandes y duras que eran las manos de Nicholas, tenían la habilidad de manejar con pericia cosas pequeñas y de acariciar con mucha suavidad. Pasó una mano por detrás de ella para abrir la cremallera del vestido y le bajó los tirantes.

—Como ya te dije, me gustaría desvestirte despacio esta noche. Desvísteme tú a mí despacio también.

Lainey puso las manos sobre su camisa y le aflojó el colgante de la turquesa antes de comenzar a desabotonar la camisa.

Se desvistieron el uno al otro, despacio, disfrutando de cada momento. Cuando ya estaban desnudos y en la cama, comenzaron a hacer el amor con ternura y, poco a poco, su pasión se acrecentó. Luego, después de muchos besos más y de susurrar muchas palabras de amor, se durmieron.

Siempre habría más palabras de amor. Suficientes para cubrir toda una vida de silencios y de angustias, y más que suficientes para colmarse mutuamente y a los hijos que llegaran a su vida durante los años siguientes.

Fin

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» posted by thosepetals
3 weeks ago on 9 May 2012 @ 7:17pm
Anonymous
OMG OMG OMG este último cap fue increible!!! :D

ahora viene el ultimo, espero que lo disfruten :3

» tagged   Anonymous  
» posted by thosepetals
3 weeks ago on 9 May 2012 @ 7:16pm
itneverlove
Ame la novela todas son perfectas

aw me alegro que te gusten :)

» tagged   hearstjonas  
» posted by thosepetals
3 weeks ago on 9 May 2012 @ 7:15pm
menizjnlittleskyscraper
OMG sdbcfouawef sube pronto mas capis, me encanta tu nove sadjkbnalskdb

el que subire hoy será el ultimo :c

» posted by thosepetals
3 weeks ago on 9 May 2012 @ 7:15pm

La mejor esposa

Capítulo 9

AL DÍA siguiente, Nicholas la acompañó a la cita con el médico. Desde el momento en que entraron por la puerta, todas las miradas se posaron en ellos. Cuando se giraron para ir a sentarse, cuatro pacientes saludaron a Nicholas y luego a Lainey, y luego se fijaron en los anillos del dedo anular. Cuando se sentaron, todos los adultos de la sala, incluidas las dos empleadas, les habían dado un buen repaso y seguían cuchicheando.

Nicholas parecía inmune a las miradas, pero Lainey se sentía cohibida, pues notaba que la miraban más a ella que a él. Hasta que, por fin, Nicholas alzó el brazo y lo pasó por detrás de ella sobre el respaldo de la silla.

Lainey se fijó en que Nicholas, en lugar de hacer caso omiso a las miradas, las devolvía. Sus ojos tenían un brillo desafiante y, al verlo, varias personas apartaron la vista.

Aunque Lainey se sentía censurada por todos los que estaban en la sala, lo sentía más por Nicholas que por ella. Se preguntaba si habrían estado mirándolo así y cuchicheando durante todos esos años. Así era la vida en las ciudades pequeñas. Todo el mundo lo comentaba todo. Aunque los cotilleos solían ser inofensivos, ella no dejaba de pensar en que Nicholas habría tenido que aguantar innumerables aguijonazos a su orgullo.

Cuando un hombre como Nicholas Jonas entraba en un lugar, nadie podía decir que no lo había visto, pero Lainey estaba segura de que no le gustaría llamar la atención por algo que no fuera su buen carácter y sus bien ganados méritos. Ella había oído suficientes comentarios sobre las circunstancias en que había crecido para saber que tanto su familia como él habían sido, a menudo, el blanco de habladurías.

Nicholas había superado su difícil educación y había trabajado mucho para conseguir la estima de la gente, a la par que sus éxitos económicos. Lainey se sentía mal por saber que, después de todo lo que él había hecho por conseguir que lo respetaran, su conducta de esposa malvada lo había vuelto a poner en la diana de las críticas. Y lo que era peor, algunas personas podían haber pensado que Nicholas era un hombre malvado que había echado de casa a su esposa.

Lainey permanecía tensa y ensimismada, pensando en las consecuencias de lo que había hecho. En un momento dado, alargó la mano para tomar la de Nicholas y él se la apretó con cariño y, distraído, se puso a juguetear con un dedo con los anillos.

Al notar que él estaba aburrido, Lainey pensó en darle una de las revistas que tenía a su lado. En ese momento la enfermera la llamó. Nicholas le soltó la mano y, al pasar, ella aprovechó para agacharse, asir una revista y dársela.

Estaba entrando gente nueva a la consulta y Lainey se sintió culpable de dejar a Nicholas solo ante la curiosidad de los que habían llegado.

No se sintió tan incómoda cuando fue a comprar el producto que le habían recetado. La farmacia era muy grande y entre las estanterías podía pasar inadvertida. Cuando notó que alguien la había reconocido, se cambió de pasillo. Pero no consiguió tranquilizarse del todo hasta que no estuvo metida en la camioneta de Nicholas, camino de la autopista que los llevaría a casa.

Estaba a punto de disculparse ante él por haber sido el centro de atención ese día cuando, como si lo hubiera adivinado, Nicholas le dijo:

—Cuando se acostumbren a vernos juntos, la heladería traerá un nuevo sabor de helado, o la vaca de algún ganadero tendrá becerros gemelos y nosotros pasaremos a ser historia antigua —Lainey suspiró aliviada y se rio, agarrando la mano de Nicholas. Él la miró—. Así que aleja esa mirada triste de tus ojos, señora Jonas. Estamos llegando y pronto empezaremos a ver gente de nuevo. No es frecuente que un matrimonio mal avenido se reconcilie, y a la gente le gusta verlo. En cuanto se aburran de hablar de ello, empezaran con lo contrario, diciendo: «¿Verdad que Lainey y Nicholas hacen muy buena pareja? Son la sal de la tierra» —su tono era tan exagerado que consiguió que Lainey sonriera.

—Eso espero —contestó ella, poniendo una mano sobre el dorso de la mano de Nicholas.

—Yo lo sé seguro —afirmó él, apretándole la mano—. Ya sé que estás preocupada por la barbacoa de Mac. No te preocupes más. No estará mal que la gente sepa que estoy orgulloso de mi esposa.

«Dios mío», pensó ella.

—¿Orgulloso? Oh, Nicholas…

Se detuvieron en el último semáforo de la ciudad y Nicholas volvió a mirarla con una expresión muy seria.

—Cuesta mucho enfrentarse a las cosas y luego hacer que salgan bien. Cuesta aún más llevar la cabeza bien alta y no dejar que nadie te pisotee. Irás conmigo el sábado y les demostrarás a todos lo que sientes ahora.

Nicholas miró hacia adelante justo al tiempo que la luz se cambiaba y reemprendió la marcha.

Lainey quería decirle que dudaba que todo fuera tan fácil como él decía, pero cambió de idea.

—Yo no he hecho grandes cosas para que todo funcione entre nosotros, Nicholas.

Nicholas se puso serio.

—Te enfrentaste a la verdad y volviste para decírmelo; ahora vas en esta camioneta conmigo y tienes intención de quedarte. Yo tengo confianza en el resto —se giró para mirarla—. Tengo confianza en ti.

La sinceridad que Lainey vio en sus ojos le causó un sentimiento agridulce y sintió que se le saltaban las lágrimas. Pensaba: «¿Seré lo suficientemente buena persona para cumplir con lo que espera de mí?».

Creía adivinar que lo que él esperaba de ella tenía más relación con sus propios deseos que con su confianza y deseaba fervientemente no defraudarlo en lo más mínimo.

Si no era lo bastante noble para merecerlo, encontraría la forma de serlo, pensó. El ansia que sentía por no defraudarlo era una motivación muy poderosa.

—¿Qué he hecho de bueno para merecer un marido como tú?

Nicholas arqueó las cejas y le contestó sonriendo:

—Ten cuidado. Si sigues hablando así, se me subirá a la cabeza.

—Ojalá —contestó ella.

Nicholas volvió a apretarle la mano y se concentró en la carretera. Lainey se quedó mirándolo de reojo con el corazón repleto de amor.

 

Al terminar el almuerzo, Nicholas fue al cuarto de estar mientras Lainey iba a la alcoba a cambiarse a una ropa más cómoda. Cuando salió de la habitación, vio que Elisa entraba apresuradamente en el cuarto de estar. Sin darle importancia continuó caminando, pero al oír la conversación entre Elisa y Nicholas se detuvo, pues no quería interrumpir.

Al parecer, Elisa tenía una emergencia familiar que concernía a su hermana mayor, y Nicholas le dio varios días de permiso. A Lainey le gustó oír que, sin pedirle más explicaciones, él le dijo a Elisa que se tomara el tiempo que fuera necesario y, además, le aseguró que le pagaría los días que estuviera fuera.

Elisa le dijo que intentaría encontrar a alguien para reemplazarla, pero Nicholas la cortó diciéndole que solo se preocupara por su hermana.

La generosidad y la amabilidad que Nicholas mostraba hizo que Lainey lo amara mucho más. Se sorprendía de haber podido pensar que Nicholas era un hombre duro, demasiado pragmático y sin experiencia social para molestarse en cortejar a la mujer que deseaba como esposa. ¿Acaso, es:e día y el anterior, no le había demostrado con creces que tenía mucho talento para hacerlo?

Su generosidad hacia Elisa y su comprensión por la emergencia familiar demostraban algo más. Demostraban que para Nicholas una familia era mucho más que una obligación y que hacía todo lo posible por fomentar el sentimiento familiar, aun a costa de su propio bolsillo. Después de todo, no solo iba a pagarle a Elisa, sino quee tendría que pagarle a quien la sustituyera.

Cada vez más, Lainey se daba cuenta de que Nicholas era un hombre muy comprensivo y generoso y que su apariencia ruda y sus ademanes bruscos no eran más que una fachada para esconder la ternura de su corazón.

Elisa salió del cuarto de estar y corrió hacia su cuarto en el extremo opuesto de la casa sin darse cuenta de que Lainey estaba en el pasillo, a pocos metros de ella.

Cuando Lainey entró en el cuarto de estar, Nicholas estaba recostado en su silla mirando al vacío, pero al darse cuenta de que ella entraba se volvió a mirarla.

—He oído tu conversación con Elisa. Has sido muy amable con ella.

—¿Sabes cocinar?

Había hecho caso omiso del cumplido y ella sonrió.

—Siempre cocinaba para mamá, pero creo que a ti te van más los filetes con patatas.

—No soy exigente con la comida. No me importa con tal de que me llene. Pero si está comestible, tanto mejor.

—Lo será.

—Gracias —dijo sonriendo—. ¿Quieres ver el famoso extracto ahora?

Lainey negó con la cabeza.

—Estaba pensando en qué podría hacer para ayudar a Elisa. Será mejor que vaya a la cocina a ver qué hay en el frigorífico para la cena.

—Es una buena idea. Vuelve cuando termines…

Lo había dicho en un tono grave e insinuante que hizo que Lainey se estremeciera. El brillo de sus ojos hizo que recordara lo que había dicho la noche anterior sobre las esposas y los lugares privados. Desde su llegada a la casa, nunca habían estado solos, y pensar que la ausencia de Elisa les daría la oportunidad de estarlo durante algunos días le produjo una oleada de excitación mucho más fuerte que su preocupación por lo que pudiera suceder.

—Volveré enseguida —contestó en voz baja. Era algo más que una promesa.

 

Elisa agradeció el ofrecimiento de Lainey, pero dijo que solo tenía que empaquetar unas cosas y que podía hacerlo ella misma. Lainey le expresó sus buenos deseos para su hermana y reiteró la petición de Nicholas de que los mantuviera informados en cuanto pudiera.

Elisa se marchó y Lainey fue a la cocina para ver qué podía hacer de cena. Localizó los utensilios que iba a necesitar y buscó los platos y los vasos.

El teléfono sonó varias veces y Nicholas contestó desde la extensión del cuarto de estar. Cuando Lainey regresó, Nicholas seguía con una conversación de negocios. Le dedicó una mirada distraída que no tenía ni rastro de sus insinuaciones de antes, así que ella optó por salir a tomar el aire en el patio.

La tarde era bastante calurosa y Lainey se quedó un rato afuera hasta que pensó en algo que tenía que hacer. Volvió a mirar al cuarto de estar y vio que Nicholas seguía hablando, así que decidió ir a la alcoba.

Se dirigió al vestidor para sacar la ropa que había comprado el día antes, quitar las etiquetas y colgarla. Cuando llegó el turno a la bolsa de lencería, solo sacó las prendas que ya había visto y dejó sin abrir las dos cajas que Nicholas no le había dado aún.

 

Durante cinco años, Nicholas había rechazado luchar por retener a su esposa. Podía haberla seguido y obligado a escucharlo. Podía haber utilizado el control que tenía sobre la herencia para obligarla a volver a Texas. O podía haberle enviado sus abogados a informarla sobre el estado real de las finanzas del Rancho Talbot. Ella se habría visto obligada a volver.

Nicholas no había hecho nada de eso, no porque así lo eligiera, sino por orgullo. Estaba furioso y eso le impedía decirle la situación del Rancho. Por eso había esperado a que transcurrieran los cinco años antes de poner una demanda financiera sobre Talbot. Hacer que Lainey se preocupara por eso podía haber sido una venganza suficiente, aunque nunca lo habría llevado a cabo porque le había prometido a John que lo conservaría para ella.

Pero los cinco años de orgullo y rabia, que habían sido aún más amargos por la rígida abstinencia que se había obligado a mantener, habían cambiado en el momento en que había visto a Lainey en los corrales diciendo que haría cualquier cosa por conseguir su perdón.

Se había aprovechado de ello sin piedad, hostigándola y avergonzándola para que se quedara, abusando de la decencia que su padre le había inculcado, en un último intento de conseguir el matrimonio que tanto había esperado. Si ella tenía suficiente sentido del honor para seguir adelante, tal vez ambos encontrarían que valía la pena permanecer casados.

Tan pronto como la vio buscándolo en los corrales, Nicholas supo que los cinco años de rabia y abstinencia sexual no habían conseguido destruir lo que sentía por ella ni sus motivos para casarse.

Había escogido a Lainey como posible esposa, meses antes de que John le hubiera confiado su preocupación por que Sondra despilfarrara lo que quedaba de la herencia de Lainey y le pidiera ayuda.

Nicholas estaba seguro de que John volvería a cambiar el testamento una vez que el Rancho Talbot estuviera de nuevo a flote y Lainey se separara de su madre, y nunca pensó que la muerte de John ocurriría tan pronto. Por eso, cuando John le preguntó qué quería a cambio de su ayuda, no había dudado en decirlo.

Pensaba decirle a John que quería salir con su hija con intención de casarse, y aprovechó la petición de ayuda para demostrar que sus intenciones eran serias y averiguar si John estaba de acuerdo.

En aquel entonces, Lainey ya prometía convertirse en una belleza y amaba el campo y la vida en el rancho tanto como él. Era una mujer de las que no daban importancia a que el hombre con quien se casaran tuviera dinero o no. Por ese motivo era la mujer apropiada para un hombre que más de una vez había visto que lo buscaban más por su dinero que por el tipo de hombre que era.

El padre de Lainey había sido un hombre de honor con mucha más influencia sobre su hija que la arpía de su madre, y Nicholas estaba satisfecho del gran sentido del deber que Lainey había demostrado hacia ambos progenitores.

Nicholas había notado varias veces que los ojos azules de ella se fijaban en él con curiosidad y brillaban con especial interés. Incluso después de trasladarse a Chicago para vivir con su madre, seguía mostrando un tímido interés por él cada vez que visitaba a su padre. Nicholas siempre se preguntaba si el interés de Lainey era tan fuerte como el interés que él sentía por ella.

Solo había necesitado que John le preguntara qué quería como contrapartida del trato para pedirla en matrimonio sin rodeos. La respuesta de John había sido la que Nicholas deseaba. Tras un breve silencio, John había soltado una carcajada, le había dado una palmada en la espalda y lo había informado de que Lainey tenía previsto visitarlo al cabo de tres semanas.

—No esperes a que me muera para ponerle una alianza en el dedo, hijo mío —había dicho John—. Ponte en marcha en cuanto llegue a casa.

Había estrechado su mano con entusiasmo y había declarado que incluiría ese matrimonio en el testamento como la condición principal para que Lainey heredara el Rancho Talbot.

Pero John había muerto dos semanas después y, gracias al testamento, una semana más tarde, Nicholas había contraído matrimonio con Lainey en el juzgado.

¿Sería cierto que ella lo había amado de verdad como lo había manifestado?

Llevaban casi cuatro días viviendo bajo el mismo techo y a Nicholas le resultaba cada vez más difícil mantener su decisión de esperar para hacer el amor con ella. Aunque sentía mucho la emergencia familiar de Elisa, no dejaba de pensar que su ausencia lo dejaba solo en la casa con su esposa. Dormir junto a ella en la cama las tres noches anteriores lo habían desgastado y sabía que no podría enfrentarse a otra noche de abstinencia. Ni siquiera a otra hora.

Su mente le decía que era demasiado pronto, pero su cuerpo clamaba de ansiedad.

 

Lainey había juntado todas las cajas vacías, metiendo las más pequeñas dentro de las grandes y guardándolas en la balda superior del armario, cuando oyó que Nicholas entraba en la alcoba.

Toda ella se estremeció a su llegada. Los latidos de su corazón se multiplicaban al oír sus pasos. No quiso mirar en su dirección para que él no notara su excitación y su nerviosismo.

En el momento en que Nicholas entró en el vestidor, el aire se hizo denso. Se aproximó por detrás y le puso las manos en la cintura. Luego, las deslizó hacia su vientre y la atrajo hacia sí. El calor que irradiaba su cuerpo fuerte y musculoso a través de la ropa hizo disparar la temperatura del vestidor.

Nicholas posó sus cálidos labios sobre el cuello de Lainey y el pulso de ella se aceleró, las rodillas se le doblaron y las etiquetas que aún tenía en la mano se le cayeron.

Nicholas continuó explorando con sus labios el cuello y la zona de detrás de la oreja de Lainey y, de pronto, se atrevió a acariciarle el cuerpo, primero con timidez y luego con más decisión. La estrechó contra su cuerpo y apoyó la barbilla contra su mejilla.

—Me siento como si lloviera —murmuró sobre su piel sofocada.

Lainey sintió una oleada de sensaciones que recorrían su cuerpo y acababan centrándose en su parte más íntima. Si hubiera tenido control sobre su cuerpo, habría sonreído. Le gustaba la forma de actuar de Nicholas, decidida, pero delicada. Pensó que tras la sequía llegaba la lluvia y supo exactamente lo que iba a seguir. La anticipación le produjo un calor interno que le quitó lo poco que le quedaba de voluntad.

—Creo… que sí lo parece —dijo ella con voz temblorosa y sin aliento, que casi no se oía.

—En Chicago se te pegó el acento yanqui. Apuesto a que yo puedo hacerlo más pausado.

Deslizó sus grandes manos un poco más arriba y, cuando llegaron a destino, ella sintió que un terremoto le revolvía el cuerpo. Él la hizo girar hasta quedar cara a él.

Antes de que Lainey tuviera tiempo de verle la cara, él la estaba besando. Ella no pensaba en nada y solo sentía lo que los labios y las manos de Nicholas le hacían. De pronto se encontró tumbada en la cama con el cuerpo de él acomodándose sobre ella.

La gran alcoba estaba silenciosa y en penumbra, y el aire denso por la ansiedad y el deseo. Cada botón desabrochado, cada roce de tela sobre tela y el ruido rasposo de sus manos callosas sobre el algodón despertaban pequeñas convulsiones. A medida que se iban quitando las distintas prendas, Lainey se estremecía por el calor y el tacto de la carne dura de Nicholas y el roce de sus manos encallecidas y de su vello masculino contra la delicada piel de su cuerpo.

No intercambiaron ninguna palabra inteligible mientras se besaban y exploraban, y el cuerpo de Nicholas estaba tenso y tembloroso por el esfuerzo que hacía por contenerse.

El dominio de Lainey sobre sí misma había desaparecido desde la primera caricia en el vestidor y no se dio cuenta del momento en que Nicholas perdió el control. Fue un momento desenfrenado, pero tierno, que la hizo gritar de dicha al sentir que su cuerpo se remontaba con el de Nicholas a la cima del placer. Luego, poco a poco y suavemente volvieron a tierra como si flotaran, en un vaivén de embriaguez, hasta caer dormidos abrazados.

 

Las mujeres con las que Nicholas había estado antes de casarse con Lainey tenían experiencia. Algunas de ellas estaban ya hastiadas, pero Nicholas nunca lo notó. Después de la maravillosa experiencia de hacer el amor con Lainey, se dio cuenta de lo incompleto y burdo que había sido el sexo de entonces. Durante la hora anterior, había descubierto lo que el sexo debía ser.

Su preocupación por ser capaz de controlarse para darle tiempo a Lainey a estar preparada estaba bien fundada. Un hombre podía aguantar solamente durante un tiempo determinado y él había terminado por apresurarlo más de lo que hubiera deseado.

Pero al ver a Lainey dormida entre sus brazos, se dio cuenta de lo que había hecho en realidad. El impulso primitivo de conmoverla y marcarla como suya lo había imposibilitado para esperar ni un minuto más. Suponía que ella no había tenido intimidad con ningún otro hombre y que al entregarse a él se sellaría un vínculo muy profundo entre ellos. Una mujer educada como Lainey no se entregaba con facilidad a una aventura sexual, y, como él sospechaba, aún era virgen a sus veinticinco años. Mejor dicho, lo había sido.

Aunque Lainey había asegurado que se quedaría con él, ¿qué pasaría cuando se diera cuenta de que la había perdonado y ya no se sintiera culpable? La inseguridad que Nicholas había escondido todos esos años había resurgido en esos últimos minutos y la experimentó con más fuerza que nunca desde su niñez.

¿Querría Lainey quedarse allí como su esposa, o estaría resentida porque él la había presionado? ¿Le reprocharía haberse precipitado a hacer el amor?

Y lo que era peor, ¿habría permitido que la sedujera tan pronto porque pensaba que estaba en deuda con él por todos esos años de fidelidad y abstinencia? ¿O se había entregado tan deprisa porque también lo habría hecho si las cosas hubieran sido distintas entre ellos durante esos cinco años?

Nicholas sabía que era demasiado pronto para esperar que su entrega hubiera sido por amor. Si hubiera podido esperar, ¿habría pronunciado palabras de amor? ¿O la espera de unos días o semanas le habría dado tiempo para darse cuenta de que nunca podría amarlo?

Se despreció a sí mismo porque, después de todos esos años de que ella se lo hiciera pasar mal, no había sido capaz de resistir el deseo de saber lo que sentiría haciendo el amor con ella.

Nicholas había aprendido lo suficiente sobre el sexo para saber llevarla con rapidez al punto en que su cuerpo era quien decidía y no su corazón. Aprovecharse de su inocencia había sido puro egoísmo, incluso crueldad, pero él necesitaba al menos eso de ella. Su cuerpo no había podido esperar a que ella decidiera si alguna vez podría pronunciar las palabras de amor que a él el orgullo le impedía decir primero.

Él siempre la había amado, aunque estuviera furioso y desengañado, pero no sabía lo que Lainey sentía de verdad por él. Ella había dicho que una vez lo había amado, pero ¿podría amarlo de nuevo?

Lainey se movió entre sus brazos y suspiró. De pronto, a su cuerpo no le importaba si esa mujer lo amaba o no, o si alguna vez lo amaría. El deseo había hecho que su cerebro cediera el paso al instinto varonil. La besó, y en ese momento la respuesta de él lo tranquilizó y le dio esperanzas.

Ella era completamente suya… Al menos en ese momento.

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3 weeks ago on 7 May 2012 @ 9:21pm

La mejor esposa

Capítulo 8

LAINEY consiguió resistir hasta llegar a casa y meterse en la ducha, antes de dar rienda suelta a su llanto. Cuando salió, completamente recuperada y vestida con pantalones vaqueros y una camiseta, fue a reunirse con Nicholas en el cuarto de estar. Él también se había duchado y llevaba pantalones negros, botas negras de vestir y una camisa blanca impecable con las mangas dobladas que permitía ver sus antebrazos, bronceados y musculosos.

Al darse cuenta de que él se había vestido de estilo más formal, Lainey pensó que quizá le gustaría que ella se pusiera uno de los vestidos que le había comprado, así que regresó al dormitorio a ponerse uno azul a rayas.

La cena estaba servida en el patio trasero, justo a la salida del dormitorio principal. Elisa había puesto la mesa redonda, con un bonito mantel y una vajilla de porcelana buena, bajo la sombra de un árbol cercano. El candelabro del centro de la mesa no estaba encendido aún, y Nicholas prendió una cerilla para remediarlo. Todo parecía muy estudiado y Lainey sospechó que había sido idea de Nicholas y no de Elisa. En el aire tibio del atardecer, el conjunto formado por el candelabro, la porcelana, las copas aflautadas y la botella de vino que Nicholas acababa de abrir, resultaba muy romántico.

Era un gran alivio haber conseguido superar el conflicto entre ellos hasta lograr ese punto de camaradería y sosiego. Era como un milagro, pues, tan solo la noche antes, la situación era sombría y tensa. Lainey se había jurado a sí misma no dejar nunca que las cosas volvieran a ser como antes de ese día y, al parecer, Nicholas había decidido lo mismo.

Aun así, Lainey estaba preocupada por lo que pasaría a partir de ese momento, no porque la perspectiva de la intimidad física la pusiera nerviosa, sino porque quería que su matrimonio se basara en algo más que el sexo y tener hijos. Lo ocurrido ese día había sido un buen comienzo, pero sentía que no era digna de ninguna de las cualidades más profundas de un matrimonio, en especial, el amor de Nicholas.

Era una sensación que se acrecentaba con cada gesto generoso y bien intencionado de Nicholas. Él era quien hacía los sacrificios y ella era quien, sin duda, see beneficiaba. Ella no se lo merecía, no era digna de nada, inclusive lo que Nicholas había hecho por salvar Rancho Talbot.

Le parecía que sus esfuerzos por encontrar una manera de igualar o superar los sacrificios que él hacía y su generosidad fallaban, y se preguntaba qué podía hacer o darle para ser digna de él. Y, desde luego, sería difícil recuperar esos cinco años de ventaja que le llevaba.

—Tenemos tiempo para un brindis antes de que Elisa traiga la cena —dijo Nicholas alzando su copa de vino, cuya fragilidad resaltaba entre sus fuertes dedos.

Lainey también alzó su copa hacia él.

—¿Por qué brindamos?

—Decídelo tú.

La había puesto en un compromiso con mucha sutileza. No se atrevió a brindar por lo que realmente deseaba, y eso hizo más profunda su melancolía.

—¿Qué te parece brindar por… nuestro futuro?

—¿Tenemos un futuro?

La pregunta era un golpe doloroso. Lainey respondió con un hilo de voz:

—Durante tanto tiempo como tú lo desees, Nicholas.

Él la miró fijamente durante unos instantes, con la copa preparada para chocar con la de ella, pero sin moverse.

—Entonces, dilo así.

Lainey alzó la copa un poco más arriba y dijo:

—Por nuestro futuro, juntos.

Nicholas tocó la copa con la suya y ambos dieron un sorbo. Él dejó su copa y, apoyado en la mesa, se quedó mirándola. La intensidad de su mirada la puso nerviosa, y se puso a juguetear con su copa.

—Estás muy guapa esta noche —murmuró—. El azul te sienta muy bien. Hace que tus ojos se vean muy profundos.

Era un cumplido rudo y simple, pero a ella le sentó bien.

—Muchas gracias.

Elisa llegó con la cena y empezaron a comer. La conversación fue escasa, pero no incómoda, versando sobre todo sobre los planes para los dos días siguientes y decidiendo si irían pronto o no a la barbacoa en casa de McClain.

La tarde era cálida y, cuando terminaron de cenar, fueron a dar un largo paseo. Cuando regresaron al patio se sentaron en el balancín a contemplar la puesta de sol. El cielo comenzaba a oscurecerse y aparecieron las estrellas. Las luces de la casa estaban encendidas e iluminaban el patio con una luz tenue.

Lainey miró a Nicholas de soslayo. Aunque su perfil parecía relajado, ella sentía aún la necesidad de disculparse con él. A pesar de la tranquilidad de ese día y de esa tarde, el peso del pasado era abrumador, y la tristeza y el remordimiento que ella sentía enturbiaban todos sus pensarnientos y le oprimían el corazón. Hizo acopio de fuerzas para decir:

—¿Lo estropearía todo si yo…?

Lainey enmudeció. Tal vez sus motivos no eran los correctos. «¿No sería egoísta seguir sacando el tema?», pensó. Gage merecía oír unas disculpas sinceras, pero quizá ella lo hacía por quitarse el dolor que la agobiaba y porque se sentía obligada a disculparse. Y volver a mencionar el tema podría estropear el día que había transcurrido tan bien y la velada tan maravillosa que él había planeado para los dos.

—¿Si tú que…?

Lainey percibió que su expresión se endurecía, como si estuviera distanciándose de nuevo.

—Por favor, no lo hagas. No te encierres en ti mismo —le puso la mano en el brazo—. Por favor, olvídate de lo que he dicho.

—Te ha estado carcomiendo toda la tarde, así que será mejor que lo digas —dijo él mientras la miraba con una expresión sombría—. Luego, yo diré lo que tenga que decir y asunto terminado.

Lainey se estremeció. Estaba claro que él suponía que estaba a punto de disculparse de nuevo, pero ella no sabía si lo que él había dicho era una advertencia o no.

Volvió a pensar en todos esos paquetes que había devuelto y, a la luz de la sensibilidad que había descubierto en él, se le encogía el corazón. El le había ofrecido que hablara, y ella no sabía cómo disculparse de manera que borrara todas las ofensas que le había hecho.

Y por muchas veces que lo hubiera ensayado mentalmente, al llegar el momento, no conseguía sino balbucear.

—Yo… yo he querido decírtelo desde hace tiempo. He pensado en miles de palabras, pero… —Lainey apretaba los dedos tratando de concentrarse en lo que iba a decir. Y cuando retiró su mano de encima del brazo de Nicholas, la mano le temblaba. Lo más difícil era mantener la mirada clavada en él. Si Nicholas podía juzgar su sinceridad por lo que viera en sus ojos, ella deseaba que tuviera oportunidad de hacerlo—. No te merecías ni un segundo de las ofensas y los agravios que te he causado —dijo con dulzura—. Estoy tan arrepentida que me gustaría pensar que nunca ocurrió, pero sé que no es posible —su voz se quebró—. Tal vez todavía pueda resarcirte de alguna manera. Y quizá, si lo consigo, con el tiempo podrías olvidar lo que te he hecho. Pero tanto si puedes como sí no, te repito que estoy profundamente arrepentida. Si pudiera empezar de nuevo… —Nicholas le dejó que dijera y repitiera sus frases entrecortadas por la emoción hasta que ya casi no tenían sentido. Ella se dio cuenta y añadió—: Puede que todo te suene a hueco ahora, pero tal vez con el tiempo, si todavía quieres que me quede, podrás ver que soy sincera de verdad.

Lainey temblaba, pero consiguió tomar aliento. Temblaba porque le costaba trabajo retener las lágrimas que se agolpaban en sus ojos, y también porque la expresión de él era pétrea y su mirada estaba turbada.

No quería llorar delante de Nicholas, pero estaba segura de que él sabía que estaba a punto de hacerlo. No creía que se fuera a burlar de sus lágrimas, pero no quería que pensara que estaba coaccionándolo.

—Acepto.

El tono hosco de sus palabras casi disparó el torrente de llanto. No se atrevía a mirarlo, y se mordió el puño cerrado para cortar las lágrimas.

Cuando había logrado controlarse un poco, lo miró y balbuceó:

—¿Estás seguro?

—Empezaremos desde cero.

Lainey trató de no interpretar lo que él había dicho.

—¿Empezar desde cero? —preguntó, incrédula, conteniendo el aliento.

—Nuestro matrimonio no tendrá muchas posibilidades si no lo hacemos. El marcador está limpio, pero necesito saber alguna cosa.

—¿El qué? —Lainey se puso tensa.

La expresión de Nicholas se endureció y su tono se hizo más denso.

—¿Estás pensando en irte de todos modos en cuanto se cumplan los cinco años y hayamos aclarado todo lo de Rancho Talbot? ¿O vas a quedarte conmigo?

Le dolía oírle decir eso. Acababa de aceptar sus disculpas y de decidir que empezarían desde cero. Que todavía dudara si ella se marcharía o no la hería profundamente. Cuando logró hablar, sus palabras estaban llenas de sentimiento.

—No me marcharé a menos que tú lo desees —susurró temblorosa.

Los ojos de Nicholas se iluminaron y ella sintió que la quemaban. Él la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí con fuerza. Lainey puso una mano sobre su pecho.

—Muchas gracias. No me merezco una segunda oportunidad, pero la deseo de veras. La deseo mucho —se enjugó rápidamente una lágrima e intentó sonreír—. No habré estropeado esta maravillosa noche, ¿verdad?

—Solo si no me besas.

El tono de su voz era seductor y Lainey alzó la mano para acercar la cara de Nicholas hacia sus labios y lo besó en la mejilla. El beso fue tierno como el de la primera noche, y lleno de sentimiento por parte de ella, aunque teñido aún por la tristeza de todos esos años.

Nicholas la agarró y la hizo sentarse sobre sus rodillas; sin ningún recato, puso sus labios sobre los suaves labios de Lainey. Su boca aún tenía sabor a vino y el beso era embriagador. Cuando terminó de besaria. Lainey estaba ansiosa por seguir. El también lo deseaba; le acarició el cabello y la besó de nuevo.

—Tengo algo para ti —murmuró, estrechándola más fuerte.

—Ya me has dado muchas cosas hoy, Nicholas —susurró ella con dulzura y se apartó un poco para mirarlo—. Yo también compré algo para ti. ¿Te importaría que te lo diera ya primero?

Nicholas se quedó observando, con curiosidad, el rostro azorado de Lainey.

—¿Cuándo lo hiciste?

—Durante uno de tus viajes al coche. ¿Puedo?

—Puedes —contestó él sonriendo.

Lainey se levantó de sus rodillas y entró el dormitorio para sacar del cajón de la cómoda el regalo que había escondido. Antes de la cena le había pedido a Elisa papel y una cinta, y lo había envuelto cuidadosamente mientras Nicholas miraba la correspondencia.

La cajita de la joyería, envuelta en papel de seda y con un lazo azul, no era muy grande, pero Lainey estaba segura, por lo que había averiguado sobre Nicholas ese día, que lo complacería más la sorpresa que el contenido. Cuando salió, Nicholas seguía sentado sobre el balancín. Aunque no se veía nada, seguro que ya había sacado lo que tenía pensado darle. Lainey se sentó junto a él en el columpio y le entregó el regalo.

Él lo tomó con aire solemne y tiró del lazo despacio. Era curioso ver cómo desenvolvía el paquete con cuidado en lugar de romper el papel. Ver sus grandes manos empleadas con tanto cuidado hizo que una oleada de calor recorriera el cuerpo de Lainey al pensar en cómo sería si él la acariciara con la misma suavidad. Entonces, Nicholas abrió la caja.

Lainey lo observaba impaciente y se tranquilizó al ver que él sonreía al sacar el colgante.

—Creo que nunca había visto una turquesa tan fina —dijo él, mientras la acercaba a la luz—. Muchas gracias, mi querida esposa —la miró y le tendió el colgante—. ¿Me harías el honor?

Ella lo tomó, lo abrió y se lo pasó por la cabeza, colocándolo bajo el cuello de la camisa. Terminó de abotonársela hasta el cuello y alisó la tela. Cuando ajustó el colgante, Nicholas le agarró los dedos.

Lainey observó cómo él cerraba su mano sobre la de ella y se la llevaba a la boca. La sensación de los labios calientes y duros de Nicholas contra sus dedos hizo que Lainey se derritiera por dentro y todo su cuerpo empezó a temblar. Y cuando él comenzó a mordisqueárselos con dulzura, ella sintió una serie de oleadas sensuales que conmovieron la parte más femenina de su cuerpo.

Él se detuvo y soltó una de las manos para poder buscar algo en un bolsillo de la camisa. Lainey seguía hipnotizada por sus ojos oscuros y no pudo ver lo que él había sacado. Cuando él se puso solemne, ella se preocupó.

—Puesto que vas a quedarte, me gustaría que usaras esto —dijo sacando el precioso anillo de compromiso y la alianza que ella había abandonado junto a su firma cuando se casaron en el juzgado. Lainey no pudo contener las lágrimas.

La enorme piedra del anillo de compromiso y las de la alianza brillaban como estrellas. Nicholas se había gastado una fortuna para regalárselas, y ella se las había quitado fríamente y se había marchado sin importarle ni el gesto ni el coste.

Avergonzada y humillada, se sentía más indigna que nunca, consciente de la paciencia que él había mostrado hacia ella. No podía detener el torrente de lágrimas que le rodaban por las mejillas.

—Oh, Nicholas. Me detesto —exclamó en un tono desesperado.

—¡Basta ya! —rugió Nicholas, y ella, sobresaltada, alzó la vista. El, con toda ternura, le puso los anillos en el dedo anular y volvió a agarrarle las manos—. Hace unos minutos pactamos hacer borrón y cuenta nueva, incluido lo sucedido aquel día en el juzgado. Si has sido sincera, debemos empezar de cero —dijo apretándole las manos—. ¿Entendido?

Lainey le dedicó una sonrisa trémula que no logró mantener.

—Sí, lo he entendido. Gracias.

Percibió en la mirada de Nicholas que sus lágrimas y los motivos del llanto le daban pena, y por eso no lograba parar.

Después retiró las manos de las de Nicholas y le rodeó el cuello, abrazándolo con fuerza. Estaba desconsolada y no podía controlar los espasmos del llanto.

—Lo siento —susurró y, de pronto, se encontró en brazos de Nicholas, que la llevaba al dormitorio. Se aferró a él, escondiendo la cara contra su cuello y tratando de enjugarse el llanto.

Una vez dentro, Nicholas la dejó en pie y fue a correr las cortinas. Lainey se escapó al cuarto de baño a lavarse la cara para estar más presentable. Cuando salió, él estaba en el vestidor quitándose las botas.

Al verla, le sonrió como si de verdad hubiera olvidado el pasado.

—¿Vas a ponerte ese precioso conjunto blanco que compraste hoy?

—¿Preferirías que me pusiera uno de los que tú escogiste?

Nicholas negó con la cabeza.

—Es mejor no empezar nada esta noche. Creo que el blanco podré resistirlo. Los otros, creo que no —había sido tan directo, que ella se sonrojó—. Y para que lo sepas, quiero tener una amante en la cama. Cuando llegue el momento, que será pronto, no quiero que trates de resarcirme de nada que no sea el tiempo que hemos desperdiciado —lo había dicho de forma tan encantadora que suscitó en ella imágenes eróticas. Más azorada aún, le sonrió. Nicholas correspondió con otra sonrisa y ella se estremeció, llena de amor—. Y cuando tengas tiempo, ponte a producir muchas más sonrisas como esa, señora Jonas. Son endemoniadamente bonitas.

—Y también son bonitas las tuyas, señor Jonas —repuso ella con toda sinceridad.

El dejó de sonreír, pero le brillaron los ojos.

—Eso, cariño, te lo aguanto en privado, pero «bonitas»… Ningún hombre que se respete a sí mismo toleraría que lo llamaran así.

Lainey no pudo reprimir una risita.

—Muy bien, ¿qué te parece «atractivo»? ¿O, tal vez, «endemoniadamente atractivo»?

Él arqueó las cejas con escepticismo.

—¿Para un tipo de aspecto rudo como el mío?

—Especialmente para ti. No tienes ni idea de tu aspecto cuando sonríes, o de cómo me haces sentir…

Al principio de la conversación, Nicholas se había quitado el colgante y comenzado a desabotonarse la camisa, pero se detuvo en el botón de la cintura.

—¿Y ahora? —preguntó con voz grave y sensual—. ¿Cómo te hace sentir esto, señora Jonas?

El ambiente se había hecho denso y sensual, y Lainev se atrevió a decir:

—Me hace sentir muy bien, Produce un cambio en la habitación. Tengo problemas para apartar la vista y siento deseos de que vuelva a empezar. Creo que no puedo explicarlo mejor.

—Si lo explicas mejor, creo que no necesitarás ponerte el conjunto blanco.

La masculinidad de Nicholas parecía alcanzarla y envolverla. Lainey sintió una oleada de excitación y de temor femenino y le flaquearon las rodillas.

—¿Quieres que me vaya a la otra habitación’?

Era una pregunta estúpida, pero por la expresión de Nicholas, estaba claro que era la pregunta correcta.

—Sí, vete. Lo que un hombre puede aguantar tiene un límite, si no quiere que sus buenas intenciones se vayan al garete.

Lainey se apresuró a salir y se metió en el cuarto de baño para quitarse el maquillaje y ponerse el camisón.

Cuando salió, Nicholas ya estaba allí, recostado contra la cabecera de la cama y con las sábanas por encima de la cintura. Al verla cruzar el cuarto hacia la cama, su mirada era de fuego.

Lainey solo llevaba puesto el camisón, que la cubría desde el pecho hasta los pies. Todo lo que sujetaba la tela de seda eran unos finos tirantes. Se había mirado en el espejo antes de salir y se había percatado de que el camisón era más transparente de lo que parecía en la tienda. Estaba arrepentida de no haberse puesto también la bata.

Cuando llegó a su lado de la cama y se metió dentro, se tapó apresuradamente. Nicholas apagó la luz de inmediato y se estiró a su lado.

—Parecías una virgen caminando hacia el altar de un sacrificio pagano —susurró Nicholas.

Lainey lo miró en la oscuridad. Esperaba no haberlo ofendido.

—No me había dado cuenta…

—Pensé que debía aclararte que la primera vez entre nosotros, o cualquier vez, no tiene por qué ser necesariamente en una cama —Lainey percibió la broma, pero no dijo nada—. Tener una esposa hace que cualquier lugar en privado tenga mucho potencial.

—¿Cuál es la diferencia entre una esposa y una amiga? —osó preguntar Lainey.

—Que hay más oportunidades de estar juntos en más sitios.

—Oh…

—No lo decía para que te creyeras que soy un fenómeno sexual. Lo decía por lo de esperar. No mucho, pero no hoy.

Lainey sonrió en la oscuridad y acercó su mano a la de él. Nicholas se volvió y la rodeó con un brazo. Ella se sorprendió de que no la besara, pero lo entendió al sentir la tensión en el cuerpo de él.

Se sentía emocionada de estar tendida a su lado con el brazo de él reposando pesadamente sobre ella. Era tan emocionante que se atrevió a poner la mano y el brazo sobre el de él, Nicholas respondió con un gruñido que la hizo sonreír de nuevo.

En la oscuridad, Lainey se quedó pensando en las cosas que él había dicho. Cosas simples, que la habían conmovido. Estaba segura de que quedarse con Nicholas era lo mejor que podía hacer y que nunca se arrepentiría.

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» posted by thosepetals
4 weeks ago on 4 May 2012 @ 3:44pm 1 note
Anonymous
en realidad Nick es un amor! Después de todo sigue siendo super atento y generoso con Lainey <3 Gracias por ponernos un cap tan largo! Esperamos otro ;)

ahora subire :)

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» posted by thosepetals
4 weeks ago on 4 May 2012 @ 3:43pm

La mejor esposa

Capítulo 7

LA BURBUJA fue más bien una risita nerviosa que surgió y explotó sin que Lainey la pudiera controlar. Al repasar la conversación, la pulla sobre los cinco años parecía una chiquillada ridícula. Si no hubiera sido por la situación que ella misma había creado con Nicholas, la rivalidad con Cassie le habría hecho buscar otros blancos donde apuntar.

Lainey disimuló la risa diciendo con una sonrisa:

—Oh, Cassie… No has cambiado nada. A este paso vas a seguir siendo guapísima y joven cuando las demás estemos arrugadas y canosas. Sin duda, te pareces mucho a tu padre.

Mientras hablaba, Lainey pensó que era una de las pocas cosas en que Cassie se parecía a su padre. Mac McClain era un vaquero galante a la manera de los chicos buenos de Texas, sinceros, amantes de la diversión e indulgentes con las mujeres. Mac adoraba a su hija mimada y no veía ninguno de sus defectos. En eso se parecía mucho a su propio padre. Aunque Lainey no se llevaba bien con Cassie, su padre siempre le había caído muy bien y él siempre la había acogido bien en su casa.

La expresión confusa reflejada en la bonita cara de Cassie mostraba que no sabía muy bien cómo interpretar lo que Lainey había dicho, y que seguramente sospechaba que su «no has cambiado nada» era algún tipo de aguijonazo. Pero también era obvio que el cumplido y el predecir que no envejecería contrarrestaban cualquier ofensa que hubiera oculta.

La sonrisa que Cassie le dedicó a Lainey parecía genuina.

—¿Sabes, Lainey?, algún día podríamos ir de compras a San Antonio. Cuando estés libre, dímelo.

La sugerencia sorprendió a Lainey por completo. ¿Se había perdido algo? Sin embargo no podía percibir nada en el rostro de Cassie que delatara que tenía algún propósito oculto, o que lo decía solo porque Nicholas estaba delante. Si era como si le tendiera una rama de olivo en señal de paz, pensó que probablemente debería aceptar,

—Podríamos pasarlo bien, Cass. Gracias por la invitación.

Cassie pareció complacida y Lainey se sintió mucho mejor.

Se había jurado a sí misma que nunca diría o haría y ni siquiera pensaría nada malo en contra de nadie, pero su primer impulso al ver a Cassie había sido hacerlo. Había hecho un esfuerzo tardío por anularlo y el resultado había sido mucho más satisfactorio que si hubiera continuado con las frases irónicas.

Aunque Cassie le lanzara más increpaciones, quizá la mejor manera de tratar con ella era ser amable y desarmarla con algún cumplido sincero. Cuanto menos, no habría una guerra verbal ni el posterior sentido de culpabilidad.

Aunque Nicholas había permanecido callado desde que se sentó, Lainey había percibido su desaprobación. Al sentir su mirada cortante, no se había atrevido a mirarlo. La crisis había pasado y él estaba menos tenso, pero aun así ella no lo miró para confirmarlo.

Cassie dejó a un lado su vaso de té, como si fuera a marcharse.

—Bueno… Debería irme a casa. Papá quería que repasara la lista de Tia antes de que ella vaya mañana a la ciudad a comprar el resto de la comida.

Cassie se puso en pie y Nicholas también. Luego, se levantó Lainey y se sorprendió de nuevo al oír que las palabras que Cassie le dirigía a Nicholas la incluían a ella también.

—Espero que podáis venir el sábado. Podríais venir pronto a charlar con el club de los embusteros, mientras papá cuida la carne y… —Cassie hizo un gesto de complicidad—, así Lainey y yo podemos ponernos al día en cotilleos. Si no, la cena será a las seis.

Nicholas dijo solemnemente:

—No faltaremos.

Lainey y Nicholas la acompañaron a la salida como cualquier pareja casada despidiendo a una invitada. Ambos permanecieron en la puerta hasta que ella entró en su coche y arrancó.

Lainey dio media vuelta y Nicholas cerró la puerta. No le había dirigido la palabra desde que habían salido de la habitación media hora antes, y acababa de aceptar la invitación a la barbacoa sin consultarle.

Lainey lamentaba que él hubiera aceptado. Mac solía invitar a todo el mundo y por lo tanto habría mucha coneurrencia. Dudaba ser capaz de enfrentarse a tanta gente y lo temía cada vez más. Con toda seguridad correría la voz de que ella iba a asistir y acudirían todos los chismosos de Texas.

La voz severa de Nicholas interrumpió sus pensamientos.

—¿Qué te ha hecho cambiar de actitud?

Lainey sabía a lo que él se refería. Había comenzado intercambiando pullas con Cassie y luego había manejado la situación de forma que tuviera un inesperado final pacífico. Pero cuando miró a Nicholas, este todavía tenía un gesto de desaprobación.

—De repente me pareció ridículo.

—¿Entonces ese es el final?

Lainey se percató de que Nicholas no la creía. Como si ella fuera la causa del conato de conflicto que había habido entre ella y Cassie. Pero, ¿cómo podía saber que no lo era?, pensó. ¿Y por qué iba a creerla si se lo intentaba aclarar? Después de su propia experiencia con ella, ¿qué otra cosa podía pensar?

Lo único que podía decir para tranquilizarlo era la verdad.

—Sí. Por lo que a mí respecta, es el final. Si tú todavía esperas que viva aquí como tu esposa, dudo mucho que quieras que me dedique a intercambiar ofensas con alguien.

—Sí lo espero, y tienes razón —dijo en un tono de voz solemne y recalcando ambas partes de su respuesta.

Tenía la misma expresión dura con que había pronunciado esas palabras. Lainey entendió que él no pensara permitir que ella volviera a poner en duda si debían o no permanecer casados, ni que sugiriera una vez más que sería difícil que tuvieran un matrimonio normal.

Nicholas mostraba una voluntad de acero y Lainey se sintió abrumada. Se daba cuenta, de nuevo, de que no importaba que nunca llegaran a amarse. Él estaba resuelto a que ambos cumplieran con los compromisos adquiridos mediante el matrimonio. Y ella en particular.

—Estoy cansada —dijo Lainey en tono tranquilo. Estaba agotada tanto por el ajetreo del día como por los esfuerzos baldíos por convencer a Nicholas de su sinceridad—. Me gustaría acostarme pronto, si no te importa.

En cuanto calló, Lainey empezó a preocuparse de que él creyera que era una invitación. Puesto que el beso de esa noche la había trastornado tanto, era posible que él pensara que no había motivo para prolongar la abstinencia sexual que había mencionado la noche anterior.

—Tengo trabajo con los libros —contestó Nicholas, y Lainey se tranquilizó.

Volvían a estar en silencio. Caminaron juntos por el pasillo y se separaron al llegar al cuarto de estar. Lainey percibía que él seguía desconfiando de ella.

No se había resuelto nada con aquel beso ni con su promesa de llamar al día siguiente al abogado. Y nada se había resuelto con haber decidido llevarse bien con Cassie.

Si Nicholas verdaderamente quería que no mencionara más el tema del divorcio, no le quedaba más remedio que resignarse fuera cual fuera el futuro que la esperaba con él. Seguro que no podía ser peor que el sentimiento de culpa y la angustia que ella había sufrido los últimos meses.

Al menos tendría la oportunidad de hacer lo que había ido a hacer. Tal vez podría resarcir a Nicholas por todo lo que le había hecho, y puesto que el matrimonio parecía ser lo que él deseaba como compensación, permanecer casada podría ser la forma de que él olvidara todos los agravios que le había hecho.

Se las arreglaría para ser la mejor esposa posible. Y si Nicholas no llegaba a amarla nunca como si se hubieran casado por amor, ella se sentiría satisfecha con los buenos sentimientos que lograran crecer entre ellos.

 

Esa noche, cuando Nicholas fue a la cama, no parecía que su actitud hubiera mejorado, aunque se acostó junto a ella, apagó la luz y le dio las buenas noches.

Lainey permanecía despierta escuchándolo respirar y sintiendo, aunque no se rozaban, que se derretía en el calor que emanaba de aquel cuerpo grande y fuerte. La piel se le erizaba con el recuerdo de aquel beso, y no podía dejar de pensar en lo que sucedería si él la besara en ese momento.

Después de un rato, Lainey comenzó a relajarse y a pensar en su decisión de cumplir con las promesas que le había hecho a Nicholas. Recordó que su padre había rectificado su testamento para protegerla y asegurarse de que no le faltaría nada. Y había elegido a Nicholas Jonas para encomendarle esa tarea.

Su padre había sido su héroe, el hombre que la había guiado sin titubeos, el hombre que había sido un buen consejero, predicándole con el ejemplo de lo que era el honor y la buena reputación. Él había puesto muchas esperanzas en ella, y ella se había esforzado por hacerlas realidad sin pensar jamás que podría llegar un momento en que dudara de él y escogiera un camino más en consonancia con el nefasto ejemplo de su madre que con el diáfano rumbo que él le había marcado.

Había llegado el momento de confiar en la sensatez de la elección que él había hecho para ella. Aunque el momento de hacer honor a esa elección estaba más que sobrepasado, ella pensaba intentarlo aunque se encontrara con muchas dificultades. Incluso si el matrimonio con Nicholas fracasaba, la culpa no sería ni de su padre ni de Nicholas. La culpa sería solo suya.

Lainey intentó encontrar la manera de acortar la distancia entre Nicholas y ella. Consideró alargar la mano para tocar la de Nicholas, pero lo último que deseaba era insinuar que estaba lista para el lado físico del matrimonio. Poco a poco dejó de preocuparse y se quedó dormida.

 

Como siempre, una cosa era decidir hacer algo y encontrar el valor para hacerlo y otra, determinar la manera de llevarlo a cabo.

A la mañana siguiente, Nicholas se despertó antes que ella, pero, en lugar de sentarse en el lado de la cama mientras ella bebía el café que él le había llevado, se lo había dejado sobre la mesita de noche y solo la tocó en el hombro para despertarla. Y se había quedado merodeando hasta estar seguro de que ella estaba lo bastante despierta para ver la taza.

—Gracias —exclamó Lainey con voz carrasposa mientras se incorporaba. Él había llegado ya a la puerta—. Debería ser yo quien te trajera el desayuno a la cama por las mañanas.

—No importa —fue todo lo que él le contestó en tono huraño antes de cerrar la puerta.

Lainey dio un sorbo de su café y se levantó, agarró su ropa, se arregló un poco el cabello, se aplicó un poco de maquillaje y se apresuró a ir a desayunar.

Nicholas tenía el periódico abierto y, aunque se levantó cortésmente para ayudarla a sentarse, solo le dedicó una breve mirada y un leve gesto. Lainey estuvo considerando darle un beso de esposa en la mejilla, pero la acogida de Nicholas no la alentó a hacerlo. Él volvió a abrir el periódico y ella sintió que la distancia entre ellos se acrecentaba.

Al ver el periódico abierto, Lainey recordó los años en que sus padres estaban juntos. Las pocas mañanas en que su madre se había levantado a tiempo para desayunar con su marido e hija, nunca había dejado de leer el periódico durante la mayor parte del desayuno. Ni Lainey ni su padre habían conseguido nunca sacarle más de un par de comentarios sueltos.

«Hay que marcar el rumbo desde el principio», había dicho él. Quizá esa no era una mala idea. Elisa estaba a punto de llevarles el desayuno y Lainey se atrevió a hablar.

—¿Tiene una sección de humor?

Él la miró de reojo.

—La mayoría la tiene —la voz de él era como un gruñido, pero casi seguro se debía a que no había hablado mucho aún.

—¿Tiene la tira «Cathy»?

—Cathy —el tono no era de pregunta, pero hojeó el periódico para buscar la página de humor.

—Este periódico no la tiene.

Lainey consideró pedirle que le leyera otra de las tiras, para conseguir que le hablara, pero descartó la idea.

—Gracias por mirarlo —dijo, y comenzó a juguetear con la servilleta.

Elisa llevó la comida y Nicholas emitió un sonido y siguió leyendo mientras el ama de llaves la servía. Antes de que se fuera, Lainey le dio las gracias y desdobló la servilleta.

Antes de empezar a comer miró a Nicholas, que seguía absorto en la lectura del periódico. Respiró hondo y se atrevió a decir:

—Dentro de cinco minutos el periódico tendrá la misma temperatura, Nicholas, pero el filete y y los huevos, no.

Nicholas levantó la vista para mirarla, pero Lainey bajó los ojos hacia el plato. Él dobló el periódico, lo apartó y luego agarró la servilleta.

—Gracias, Lainey.

Las dos palabras eran poco más que un gruñido, y Lainey no se atrevió a mirarlo. Minutos después lo miró de reojo y pudo observar que no mostraba irritación, así que intentó entablar conversación de nuevo.

—¿Ya has decidido cuáles son nuestros planes para hoy?

—Siempre —contestó mirándola a los ojos—. Montaremos mientras haga fresco, luego volveremos para que hagas tu llamada y por último iremos al Rancho Talbot. Si necesitas algo nuevo para ponerte el sábado, podemos ir a San Antonio. Si no vamos de compras, volveremos a casa y trabajaremos un poco.

Lainey estaba complacida porque había logrado más conversación que en ninguna otra comida y decidió intentarlo de nuevo. Pinchó una raja de melón y se la sirvió en el plato.

—No me traje mucha ropa, así que probablemente será mejor que busque algo para el sábado. Me vendría bien tener más ropa de trabajo, a menos que aún tenga alguna vieja en Talbot.

—¿Estás tomando la píldora?

Lainey lo miró sorprendida y se sonrojó. La cara le ardía y tardó unos instantes en recuperar la compostura. Quería que él hablara, pero no se esperaba eso.

—No…

—Bien.

Nicholas volvió a concentrarse en su comida mientras Lainey intentaba recuperarse de la pregunta. «¡No estará esperando concebir un hijo enseguida!.», pensó. La relación entre ellos era aún muy precaria. No queriendo ofenderlo, después de su comentario de la noche pasada respecto a mezclar un perro callejero con uno con el pedigrí Talbot, comenzó a decir precavidamente:

—Los embarazos a menudo incluyen mareos por las mañanas, descontrol emocional… —Lainey se interrumpió al ver la mirada de Nicholas y terminó con suavidad—. Y puede haber problemas de salud especiales. Montar a caballo… y otras cosas —dijo y se atrevió a añadir—. Puede que sea una buena idea esperar hasta que nuestra relación sea más estable antes de pasar a esa etapa. Por eso estaba pensando empezar con la píldora enseguida.

Lainey contuvo el aliento. Estaba segura de que Nicholas lo entendería.

—Llama a Blake esta mañana.

La orden de llamar a uno de los médicos más conocidos del lugar era tajante, pero Nicholas no mostraba signos de resentimiento por su decisión de tomar la píldora, ni parecía ofendido.

—¿Entonces, no te opones?

Él arqueó las cejas y suavizó el gesto. Estaba claro que había quedado horrorizado.

—No después de una lista como esa.

Lainey se tranquilizó y le sonrió con dulzura.

—Gracias.

—¿Por qué darme las gracias?

—Has sido muy considerado, y te lo agradezco. Todavía no he sido muy buena como esposa y no estoy preparada para asumir más cosas hasta que logre algo de éxito en eso.

Los ojos de Nicholas se iluminaron levemente, lo cual podía significar cualquier cosa. Sin embargo, Lainey seguía azorada, y se dio cuenta de que Nicholas estaba satisfecho, por lo que había dicho y porque le acababa de dar una clara señal de su intención de quedarse y cumplir sus promesas.

—Llama a Blake antes de llamar a Chicago.

Su voz era suave y con un cierto matiz de sensualidad. La manera de decirlo ponía de manifiesto que estaba deseando la parte sexual del matrimonio, y ella no pudo evitar sentirse nerviosa.

—Debo decirte que la píldora no resulta segura si no se ha tomado durante un mes.

—Sí, lo había oído. Compraré algo para el intervalo cuando vayamos a San Antonio —estaba claro que él no pensaba esperar treinta días. El calor que Lainey sentía en la cara la invadió por todo el cuerpo—. Pero ahora, señora Jonas, termínate el desayuno mientras aún está caliente —gruñó—, y démosle a esta conversación un poco de tiempo para que se enfríe.

Era como una réplica de lo que ella le había dicho antes sobre el filete y los huevos y Lainey sonrió concentrándose en su plato. No le importaba lo más mínimo que el resto de la comida transcurriera en completo silencio.

 

Fueron a montar y regresaron a la casa a la hora en que el abogado ya habría llegado a su despacho. Lainey hizo la llamada y luego telefoneó para ver si el doctor Blake tenía alguna hora libre pronto. Resultó que alguien acababa de cancelar una cita para el día siguiente y se la dieron a ella.

Cuando fueron al Rancho Talbot, Lainey pasó mucho rato paseando por la enorme casa que tantos recuerdos le traía. La mayor parte de los muebles en la silenciosa casa estaba cubierta con sábanas y daba un aspecto muy lóbrego. Pensó que si Nicholas y ella permanecían casados, a ella no le gustaría nunca volvería a vivir allí, aunque tampoco le parecía bien que la magnífica casa permaneciera desocupada.

La mayor parte del tiempo lo emplearon en el viaje a San Antonio. En parte, porque se tardaban unas cuatro horas en ir y volver, y en parte, porque Nicholas insistió en que se probara más vestidos y conjuntos de los que ella había pensado. Parecía genuinamente encantado de verla hacer el pase de modelos y, antes de que se diera cuenta, le compró varias cosas que le habían gustado a él, además de las que ella había escogido.

Tuvieron una discusión en voz baja cuando Lainey insistió en pagar sus compras, pero Nicholas se mostró inflexible. Además, había conquistado a las dependientas para que no aceptaran los cheques ni las tarjetas de crédito de Lainey y aceptaran las suyas.

El resultado fue que Nicholas tuvo que hacer más de un viaje al coche para guardar los paquetes en el maletero. En uno de ellos, Lainey aprovechó para entrar en una joyería cercana y mirar una selección de joyas masculinas para comprarle un regalo.

Sabía que, aunque a Nicholas no lo entusiasmaban las joyas, los colgantes sí le gustaban y escogió uno con una hermosa turquesa. Después de pagar, metió la cajita en su bolso y fue hacia una tienda más abajo, donde vendían ropa de trabajo para comprarse pantalones vaqueros y camisetas de algodón. Consiguió comprarse unas cuantas cosas antes de que Nicholas la encontrara e insistiera en pagar con su tarjeta de crédito.

—Un poco más allá hay una de esas tiendas de señoras —le dijo. Lainey adivinó de inmediato que se refería a una tienda de lencería y tuvo la impresión de que ese iba a ser para Nicholas el momento más importante del día.

Él le había dicho que le compraría algo con encajes y cintas cuando fueran a San Antonio, y estaba claro que no se le había olvidado. Aunque Lainey sentía cierto temor acerca del tipo de camisón que, sin duda, él estaba pensando, había estado tan agradable con ella todo el día que no quería hacer nada que enturbiara la camaradería que estaba surgiendo entre ellos.

Lainey se sorprendió de lo despreocupado que Nicholas estuvo al entrar con ella en la tienda de lencería. Estar en un sitio tan femenino como ese parecía hacerle el mismo efecto que entrar en un prado lleno de ganado. Y el contraste de su masculinidad campechana y su aspecto rudo con un entorno de encajes sensuales y ropa interior de satén, hacía que todo pareciera mucho más delicado y femenino.

Las pocas mujeres que estaban en la tienda le sonrieron y se sonrojaron cuando él las saludó con un gesto respetuoso. Parecía como una variante del elefante en la cacharrería, solo que no había roto nada y el elefante parecía domesticado.

En las otras tiendas, Nicholas había descolgado algún vestido o conjunto para mostrárselo a Lainey, pero en esa, mantenía las manos en los bolsillos y ella tuvo que adivinar lo que le gustaba por la expresión y el interés que ponía en algunas cosas.

Lainey se sintió aliviada al ver que había pocas prendas transparentes y reveladoras. Aunque Nicholas parecía preferir las más osadas, no puso pegas a las que ella escogió para llevar al probador junto con las que le gustaban a él.

Cuando acabó de probarse, Lainey salió vestida y con lo que había escogido colgando de un brazo.

—¿Todo te quedaba bien? —Lainey asintió y una empleada tomó el camisón blanco y la bata a juego, mientras otra devolvía lo que no quería a los percheros—. Añada esa prenda azul —dijo Nicholas a la dependienta—. Y la rosa. No, la otra —aclaró indicando con el dedo—. Envuélvalas con el resto.

Ambas empleadas le sonreían mientras envolvían las prendas que él había indicado. Lainey se sentía algo incómoda, pero no quería poner en aprietos a Nicholas y aprovechó cuando las empleadas se dieron la vuelta para decirle en voz baja:

—Oh, Nicholas. Eres muy generoso, pero no necesito tantas cosas.

—Yo sí —la protesta de Lainey no le había disminuido el placer que obviamente sentía. Aunque su expresión era seria, sus negros ojos chisporroteaban con expectación masculina—. Todo el día trabajo con animales rudos y polvorientos, señora Jonas. Será muy agradable admirar a mi esposa vistiendo algo sedoso y fino.

Lainey no pudo evitar sonrojarse y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie hubiera oído a Nicholas. Recordó que durante todo el día había habido muy poca distancia entre ellos y lo bien que ella se había sentido por esa razón. Si esa escapada de compras había logrado que estuvieran más cómodos juntos, tenía que aceptar el que Nicholas hubiera comprado todas esas prendas tan sexys. Trataría de no pensar en lo pronto que él esperaba que empezara a lucirlas.

—Gracias —dijo ella—. No era necesario que me compraras nada hoy, pero has estado encantador.

—Encantador…

Nicholas pronunció la palabra como si fuera algo sospechoso y Lainey no pudo reprimir una risita al ver su expresión. Como si la palabra «encantador» fuera una ofensa para su hombría.

—Sí —repuso ella, disfrutando de la situación—. Encantador.

—Encantador —repitió él, refunfuñando—. No creo que yo aplicara nunca esa palabra a ningún hombre.

Pero Lainey percibió, por el brillo de los ojos de Nicholas, que no solo le había hecho gracia, sino que lo había sorprendido gratamente. Lainey se dio cuenta de que, tras su aspecto rudo. Nicholas escondía grandes cualidades.

Fue entonces cuando Lainey se percató de que nunca había dejado de amar a Nicholas Jonas. De pronto, todos los sentimientos que albergaba hacia él desde hacía tanto tiempo se le agolparon en el corazón como una ola cuando rompía sobre la playa. Pero había una diferencia con lo que sentía, años atrás, cuando era adolescente. Sus sentimientos habían madurado.

Lainey, ensimismada, caminó junto a él hasta el mostrador y observó que la empleada ponía dos cajas, que ella no había visto antes, dentro de la bolsa de las otras prendas.

Mientras miraba a Nicholas, sentía una emoción sobrecogedora pensando en lo mucho que él había disfrutado viéndola probarse los distintos modelos y en lo satisfecho y orgulloso que parecía al gastarse una pequeña fortuna con ella.

Era como si él tuviera un pozo lleno de generosidad en su corazón, y que no hubiera podido abrirlo, primero por la pobreza y luego por falta de oportunidades. Y de repente, ese pozo estaba abierto. Había esperado años para hacer algo tan común y normal para un marido como ir de compras con su mujer y, por fin, tenía el dinero y a alguien suyo en quien gastarlo con generosidad.

Lainey no dejaba de pensar en todos los paquetes que, durante cinco años, le había enviado por correo coincidiendo con sus cumpleaños, su aniversario o las Navidades y que, obviamente, eran regalos. Imaginaba el placer que sentiría al escogerlos y las esperanzas que había puesto en ellos al llevarlos al correo. Y también, el dolor y la afrenta que habría experimentado al ver que cada uno de ellos se lo había devuelto.

Mientras estaban en esa tienda, Lainey sintió el peor de los remordimientos y estuvo a punto de romper a llorar. Consiguió dominarse y recobrar la compostura mientras Nicholas terminaba de pagar, pero, en el fondo de su corazón, sentía una inmensa amargura.

Ese día, esos últimos minutos en que Nicholas le había mostrado un poco más de su buen humor eran como gotas de miel cayendo en un vaso lleno de enojos y de penas. Lainey se despreciaba y se odiaba por todos esos años y sentía una gran congoja en su corazón.

«¿Sería posible destilar alguna más de esas gotas de miel?», se preguntaba «¿Sería posible borrar toda esa amargura o, al menos, endulzar el dolor que su egoísmo y su crueldad habían causado?».

Cuando Nicholas agarró la bolsa con las compras y salieron de la tienda, Lainey rodeó con su brazo la delgada cintura de Nicholas, en un esfuerzo desesperado de compensarlo de alguna manera. Él la correspondió rodeándola y estrechándola contra su costado, y ella, al notar que su gesto lo había complacido, sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

Cuando llegaron al coche de Nicholas, pusieron las bolsas en el maletero y Nicholas la acompañó hasta el lado del pasajero. Luego, se sentó en su asiento para arrancar el motor. Como si hubiera percibido la melancolía de Lainey, la tomó de la mano y condujo en silencio, y sin soltarla, hasta que llegaron al Rancho Jonas.

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» posted by thosepetals
4 weeks ago on 3 May 2012 @ 3:35pm 1 note
Anonymous
Awwwww por fin! Lainey debe de poner en su lugar a Cassie, y Nicholas tiene que entenderla y echar a Cassie. Se lo merece por mala hahaha <3

Cssie no es tan mala ;)

» tagged   Anonymous  
» posted by thosepetals
4 weeks ago on 3 May 2012 @ 3:35pm
menizjnlittleskyscraper
OMG me pareció genial, ya quiero saber que sigue, siempre quedo con la intriga de lo que sigue... aishhhh sube mas capis pronto porfa, me encanta esta nove . . . .

sdshdkj ya subo

» posted by thosepetals
4 weeks ago on 3 May 2012 @ 3:34pm